La Entrevista Ideal continúa conociendo multitud de autores y sus historias, hoy entrevistamos a Juan Andrés Moya, autor de «En el nombre del hijo»

¿Cuándo nació «En el nombre del hijo» y de dónde partió la inspiración?
Empecé a escribir lo que presumí sería un relato corto a finales del 2017 movido por una obsesión: ¿puede alguien matar desde un sentimiento distinto del odio? Quise explorar esa posibilidad en una historia breve que, sin embargo, comenzó a extenderse hasta superar las mil páginas. Durante tres largos años, trabajé en la escritura y la edición de la que resultó ser mi segunda novela. Lo hice, a diferencia de otras ocasiones, actuando como un «escritor de brújula»; es decir, dejándome llevar por la inspiración y sin saber exactamente adónde me trasladaría. La historia vibró con tal intensidad en mi interior que confié siempre en ella y supe que encontraría la forma de contarla.
¿Cuáles son las emociones principales que has trabajado en esta novela?
De manera muy intuitiva, entendí desde el principio que «En el nombre del hijo» representaría un descenso a los infiernos. Lo es —qué duda cabe— para los personajes principales, pero lo supuso para mí también, porque tuve que adentrarme en la negrura que todos llevamos dentro y desentrañarla sin reparo alguno. La historia habla del miedo, del abandono, de la desesperación.

La trama nos transparenta en nuestra fealdad más absoluta. Pero creo que en ello reside la belleza del arte, en este marco seguro que nos ofrece para ejercitar nuestra fascinación por la tragedia y el caos. Se nos concede la oportunidad de asomarnos a lo más ruin del alma humana y, cuando no lo soportamos ya más, podemos cerrar el libro y regresar a nuestras plácidas vidas. Tengo la impresión de que debemos hacer las paces con nuestra propia sombra. Renunciar a ella no sirve de nada.
¿Por qué decidiste titularla «En el nombre del hijo»? ¿Qué implicaciones tiene?
A mi entender, la historia que se cuenta en la novela es la de una perversión. Sin entrar en detalles, el asesino es una persona perturbada con un profundo complejo mesiánico que cree obrar en nombre de Dios. Aun no siendo religioso, considero que no puede existir mayor ofensa al concepto de Dios que ejercer la violencia contra un igual en su nombre. De ahí que considere que, al asesinar a las diferentes víctimas, lo que hace el asesino es imponer sus impulsos y situarlos por encima de los mandamientos de un posible Dios. Coloca a aquel, por tanto, en un segundo plano. Considero que tomar el orden habitual de una oración tan bien conocida en la liturgia cristiana y alterarlo, situando al «hijo» por delante del «padre», es decir, al hombre por delante de Dios, representa fielmente esa conducta hereje del asesino que tanto me indigna.
La novela, además, posee un halo religioso en su estructura (dividida en los cinco libros del Pentateuco, junto a un epílogo, llamado «Apocalipsis»), en su estética, también en sus constantes referencias bíblicas, y creo que todo ello refleja fidedignamente esa dimensión herética de la historia.

¿Cómo están recibiendo los lectores la novela?
Sorprendentemente bien. Siendo realistas, la novela cuenta con algunos hándicaps que, a mi entender, podrían dificultar que llegara a un público amplio. El primero es la extensión: se trata de casi novecientas páginas. Hay muchos lectores que no se atreven con un trabajo tan extenso. Por otro lado, hablamos de una novela muy cruda que explora el salvajismo humano y que, tal como se cuenta la historia, incide una y otra vez en la herida. Además, mi editorial, Durii, es una editorial muy joven que está en pleno proceso de expansión, pero que no puede competir con las grandes editoriales que dominan el mercado. Sin embargo, a pesar de todo esto, «En el nombre del hijo» ha logrado agotar la primera edición en apenas seis meses desde su publicación, en abril del 2025, y hemos arrancado ya la segunda.
Asimismo, tengo la fortuna de poder conversar con cierta frecuencia con muchos lectores y las reacciones están siendo ciertamente positivas: las reseñas que he podido leer han sido muy favorables. Lo que más me entusiasma es que muchos lectores que no habían explorado el género noir con anterioridad —entre otras cosas, por miedo o recelo—, se han atrevido con mi novela y la han disfrutado sobremanera, según me comentan. Me siento muy afortunado.
¿Qué diferencia tu trabajo del de otros compañeros cuyas obras también se circunscriben a la novela negra y el thriller?
Creo que cada voz es única: podemos emplear las mismas palabras, la misma entonación, matices similares, pero nadie puede emplear la voz de otra persona, solo la propia. En cada obra que escribo no tengo más remedio que desnudarme. No es una decisión intelectual: es algo orgánico e instintivo.
Todo lo que me obsesiona, que es mucho, lo que me enamora, lo que me aterra, la suma complejidad de cuanto me caracteriza como individuo, se refleja de una manera descarnada en mis historias. Ese paisaje interior de cada quien es único. A mí me fascina enormemente la oscuridad humana, por entender que es un territorio que no solo no exploramos, sino cuya mera existencia nos empeñamos en negar; pero lo hago con el alma de un poeta, que es lo que soy, en última instancia. Pretendo enfrentarme a la barbarie humana desde la belleza, alzando el verso a modo de escudo. Mi forma de narrar tiende siempre al lirismo, a la musicalidad, a las armonías sonoras, y quizá no sea muy frecuente combinar esa dulzura en la prosa con la crueldad más exacerbada. Siento que «En el nombre del hijo» es, eminentemente, un poema sobre la truculencia del hombre.
¿Cuáles son los retos habituales a los que te enfrentas como escritor?
Son tantos… Escribir una novela es una tarea ardua y extremadamente complicada, más aun cuando se trata de una obra de enorme extensión, como suelen ser las mías. Lo más difícil es mantener la concentración y la motivación intactas a lo largo de varios años. Has de confiar plenamente en la historia y ha de arder con extrema intensidad para que estés dispuesto a hipotecar tanto tiempo. La vida es breve y no podemos embarcarnos en todas las aventuras que querríamos: es necesario ser selectivo. Solo puedo adentrarme en aquellas historias que me hieren y palpitan de una manera especial.

El mundo editorial, por otro lado, es complejo y puede ser muy desagradecido. Nunca sabes si una novela va a ver la luz, de modo que debe conducirte la pasión, el deseo de que esa historia que tanto te ha golpeado llegue a un público, aunque tal vez no se dé la circunstancia. Por otro lado, el relato corto —que es un formato que me encanta— presenta sus propios retos. Resumir al máximo una historia en aras de la concisión puede ser muy difícil, pero es un gran ejercicio de flexibilidad artística.
¿Cuál es tu mayor miedo como escritor?
No honrar desde la honestidad mi inspiración. Creo que los artistas somos, a grandes rasgos, canales a través de los cuales se manifiestan historias que desean ser contadas. No somos los dueños de nuestra inspiración, somos solo los gestores. Es ella quien decide cuándo llega y con qué intensidad arde. Por eso es fundamental que mantengamos la humildad a lo largo del proceso.
Creo que, a la hora de contar una historia, es necesario que seamos brutalmente honestos con ella y que la compartamos con otros en los mismos términos en los que la hemos experimentado, sin distorsionarla, sin modificarla con el objetivo de apelar a este o aquel público, de conseguir, quizá, un mayor éxito comercial. En eso consiste mi gran miedo: en descubrir que he alterado una historia en busca de la aceptación, de la aprobación de los lectores, de alguna forma de gratificación breve. Quiero sentir que cuento las historias tal como las vivo. Mi responsabilidad es hacerme a un lado y dejar que el relato se manifieste en su verdadera naturaleza, por cruenta que sea.

¿Hasta qué punto es esencial para el escritor ser o haber sido un gran lector?
Yo creo que es un elemento fundamental. No me atrevería a catalogarlo como condición sine qua non, porque la variedad humana es demasiado amplia, pero, en la mayoría de los casos, leer te abre las puertas a la escritura. Yo comencé a leer ficción a los trece años y fue entonces, y no antes, cuando sentí que quería escribir. Atestiguar cómo otros componen sus historias te permite ser consciente de la manera en la que podrías estructurar las tuyas propias. El lenguaje, al fin y al cabo, se adquiere solo en sociedad y se adquiere por imitación.
Creo que la formación del escritor pasa habitualmente por la lectura frecuente y concienzuda. Para mí, son los dos extremos de una misma realidad. Dicho esto, también creo que es necesario que, una vez que se ha alcanzado cierto grado de soltura y comodidad (que es algo siempre discutible), prioricemos la escritura sobre la lectura porque, de lo contrario, muchas grandes historias acabarían por perderse. Mientras escribo, soy incapaz de leer por miedo a que algún trazo, algún rasgo de lo que leo, aflore en mis historias. En los últimos quince años, he escrito muchísimo y he leído mucho menos de lo que me habría apetecido, y lo añoro enormemente, pero creo que es lo más sensato.
¿Qué deseas conseguir a través de la escritura? ¿Cuáles son tus metas?
Lo que deseo es sentir que estoy siendo capaz de expresar algo de mí que, si no es a través de la sublimación artística, no podría ser expresado. Escribir es un fin para mí, nunca ha sido un medio. No pretendo alcanzar nada más allá de mi propia honestidad. Siento que soy un privilegiado por permitir que se refugien en mi interior tantas y tantas historias. Creo que la inspiración es un misterio inexplicable y no pretendo intelectualizarla; tan solo la recibo desde la gratitud y la humildad. A lo que aspiro es a seguir abierto a todas esas historias que me vibran dentro y espero contar con la suficiente lucidez para manifestarlas.
El recibimiento de «En el nombre del hijo» me abruma y me siento tremendamente afortunado. Es una historia que me desgarró por completo y, por ello, considero que puede impactar a muchísimas otras personas. Quiero que la novela llegue a tanta gente como sea posible y espero que guste a muchos, pero el objetivo es no renunciar a mi integridad artística. Creo que eso es lo esencial.
¿Cuáles son tus proyectos actuales?
«En el nombre del hijo» es, obviamente, mi prioridad, y estoy haciendo tanta promoción como me resulta posible. Después de haber presentado la novela en Granada, Almería y Valdepeñas, tengo presentaciones organizadas en Sevilla y Valencia para inicios del 2026. Además, continuaré acudiendo a distintas ferias del libro, tal como he hecho a lo largo de este año.

No obstante, compagino toda la promoción con mi tercera novela, cuya escritura concluí este verano. En septiembre comencé el proceso de edición y espero tenerla lista para inicios del próximo año. Si los astros se alinean y cuento con el beneplácito del destino, se publicará en el 2026. Por otro lado, tengo una enorme cantidad de ideas en mente para relatos de distinto calibre. Una vez haya terminado la edición actual, podré adentrarme en esas historias que llevan ya cierto tiempo ardiéndome por dentro.
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